Aún recuerdo, con cariño, aquel día, el de la gran noticia. Era mi primer jueves en el grupo de jóvenes de Acción Católica. Estábamos todos sentados alrededor de una mesa cuando uno de los dos catequistas nos anunció la Peregrinación a Polonia. Desde ese momento, ahora, veo cómo el Señor nos ha ido uniendo y preparando a unos y otros, de forma distinta. Ese sábado de finales de Agosto tan esperado, de camino a Córdoba desde Nueva Carteya, tuve el gusto de rezar, junto a mis padres, el rosario presidido por el Papa Benedicto XVI emitido en Radio María, mientras veíamos como amanecía. En el autobús fuimos ambientándonos, o…durmiendo en algunos casos, aprendiendo palabras polacas, riendo…en el avión, aunque no fuera mi primera vez, disfruté ante tales paisajes, sobrevolando las nubes, las montañas, la Tierra…. Guau, me acuerdo la sensación que me invadió cuando pisamos Polonia, frío, alegría, satisfacción, paz…este país no me había llamado nunca mucho la atención pero desde que lo he visitado…es diferente. Lo poco que pudimos ver ese día me causó un poco de extrañeza, vimos tanto altos edificios modernos como pisos de ventanas estrechas, muy simples y que me transmitieron agobio, estrés, miedo….La cena de sopa y pollo, aquella noche, sentó muy bien.

En unos dos días visitamos Varsovia, lo primero que vimos fue unos grandes jardines al lado de palacio con un lago precioso, con tanto color y armonía de la naturaleza que es “imposible” no apreciar ahí la mano de Dios, toda la hermosura que nos ha querido regalar. Por cada calle que pasábamos, se iba apreciando la superación de la nación polaca, en vez de olvidar lo pasado, la época de sufrimiento y muertes con el nazismo alemán como si no hubiera pasado nada, dejan reflejadas las balas, algunos daños…para recordar que pudieron, al principio solo entendí esto, pero conforme paseábamos a lo largo del viaje por esta tierra…me dí cuenta de que lo hicieron con Dios, se respiraba en el aire, en la sonrisa, en la calidez con que nos recibían, en el color de sus calles, en el ambiente…se sentía a Cristo resucitado tras el sufrimiento de la Pasión. En algunas paredes, todavía está el símbolo de un ancla (formado por una P y una W) que significa: “Polonia sigue luchando” a mí, cuando lo veía, me transmitía fuerza, esperanza, ganas de luchar y afrontar los problemas junto a Dios. Por otro lado vimos la capilla y dónde vivía San Maximiliano Kolbe, un fraile a quien mataron en lugar de otro (por su propia voluntad), en el campo de concentración de Auschwitz. Una noche subimos a lo alto de una torre parecida a la Giralda de Sevilla, me encantó cantar, bailar y saltar alrededor viendo un anochecer en el cielo de la Tierra de Karol Wojtyla, similar a los que, seguramente él, haya disfrutado muchas veces, sintiéndome libre a esas alturas, como un ave sobrevolando el cielo anaranjado, ¡gracias Padre!.

Cuando visitamos el santuario de “Chestocova”, donde se encuentra el auténtico cuadro de la Virgen a la que rezaba el Papa, fue entonces cuando realmente aprecié la fe del pueblo polaco, subíamos una cuesta rezando el rosario, con nuestra bandera española delante y toda esa gente que se sentaba al lado nos aplaudía, nos sonreían con auténtica alegría, nos saludaban felices…ese gran recibimiento al llegar a las puertas, desde un gran balcón nos dieron una calidísima bienvenida, rodeamos un poco y entramos como en una pequeña ciudad antigua, con arcos…donde nos “bañaron” con agua bendita, en esos momentos una sensación entre libertad y paz me iba invadiendo, el colmo fue la entrada al santuario, nos arrodillamos ante el cuadro de la Virgen terminando de rezarle, a continuación tuvimos una misa preciosa en una pequeña capilla con una imagen del Sagrado Corazón de Jesús que…mirabas a su cara y su boca…sonreía, creo que fue en esta Eucaristía en la que el sacerdote nos hacía recordar 3 verbos: “quiero, puedo, voy”, quiero amar a Cristo (porque Él me ama, ha entregado Su Vida por mi), puedo amar a Cristo (porque nos permite y ha dado el don de amarle), voy a amar a Cristo (el único sentido de mi vida). Luego vimos una sala donde había unos impresionantes cuadros de la Pasión de Jesucristo y a la vez el sufrimiento de las naciones.

Otro día muy intenso para mí fue el miércoles, cuando visitamos el campo de concentración de Auschwitz y Wadowice, el pueblo natal de Juan Pablo II. Yo creo que ninguno lo pasamos muy bien en el primero, era escalofriantemente enorme, a medida que paseábamos por él, era poco tener la piel de gallina, allí nadie hablaba, nadie reía, me quedé destrozada al ver el bloque 11, el único edificio sin modificar y donde murió San Maximiliano Kolbe, esas “camas”, esas “ropas”, esas “paredes”, esas habitaciones, esos pasillos con ese olor…los “baños”, mientras nos contaban parte de la historia. Vimos montones de maletas, zapatos, utensilios…de los engañados prisioneros, peor fue ver sus cabellos acumulados en una cristalera y pisar el propio suelo de un quematorio, espeluznante. Apreciar todo esto me hacía admirar aun más Polonia, su gran fe y superación. Wadowice fue una pasada, visitamos la casa y la parroquia de Karol Wojtyla, me emocionó muchísimo estar a solo unos cm de su cuna, de sus ropas, andar por las habitaciones que le vieron crecer…la Iglesia donde se bautizó y escuchaba misa, como pudimos hacer también nosotros. Los días que dormimos en Cracovia, nos alojamos en el seminario en el que, antes de ser Papa, Karol iba a confesarse, fue increíble. Algunos dormíamos en las habitaciones que daban a un pasillo bastante grande que al final, tenía un Cristo impresionante,…que afortunada me sentía.

El jueves nos llevaron a las famosas minas de sal, deliciosamente saladas, los mineros construyeron una capilla de sal digna de ver, con la pasión de Jesús y la imagen de Juan Pablo II talladas en las paredes de sal, entre otras. En otra ocasión visitamos Nowa Huta, una iglesia muy grande formada por varias capillas, entre las cuales una está dedicada a la Virgen de Fátima por haber intercedido por el Papa en uno de sus atentados, allí fue el lugar donde pusieron la enorme cruz construida por los mineros al no dejarles los planificadores hacer una iglesia; en la planta superior, aluciné cuando vi una imagen, grandísima, de Cristo crucificado (pero sin cruz) que reflejaba muy bien el dolor por el que pasó durante Su Pasión, y que la nación polaca, como otras, también ha sufrido; merecía la pena quedarse unos momentos mirándolo, admirando toda esa grandeza y amargura, provocó en mi interior un sentimiento…de dolor, me veía en esos clavos, los clavos que continuamente clavamos con nuestros pecados en las muñecas de Jesucristo,…de amor porque Él dio Su Vida y Su Juventud por mi, Él lo da todo cada día por nosotros, quienes les volvemos a clavar esas puntas y que tras el arrepentimiento, nos vuelve a perdonar. Recuerdo otro día, cuando visitamos una Iglesia, había un banco con una placa que decía que en ese asiento se sentaba Juan Pablo II, me sentí muy afortunada al podernos sentar también nosotros, en ese mismo asiento.

El viernes fuimos al santuario de la Divina Misericordia, allí pudimos rezar unos momentos delante del cuadro de Jesús Misericordioso, a tamaño natural, como se le apareció a Santa Sor Faustina, cuya historia es digna de escuchar; fue como estar cara a cara con Él, cuando nos acercamos aun más, miré a sus ojos y estos me miraron, era una mirada de perdón, de compresión, de amor, parecía que estaba allí, en frente mía, diciéndome: “Hija mía, te quiero, te comprendo, te perdono, ¡adelante, que estoy contigo!”. Después nos retiramos a una capilla para tener la Eucaristía, pero antes podíamos confesarnos con alguno de los tres sacerdotes que venían con nosotros; yo me confesé, allí, en la Divina Misericordia, sintiendo una paz y perdón…que solo Dios puede dárnosla, solo Su Amor, solo Su Misericordia, nunca olvidaré este momento, esta confesión, esta Misericordia. De camino a España, en el autobús, vi en el cielo unas nubes que formaban una cruz bastante clara, Dios había estado, estaba, está y estará con nosotros.

Doy gracias a Dios por haberme regalado unos días así en este país, con tantos regalos, personas, mensajes y momentos en los que hemos podido ver fe, superación, amor, que junto a Dios, han tenido los polacos, se puede tener en el día a día y que, al menos a mí, me han invadido; unos días de acercamiento a Polonia, a Juan Pablo II, a su mensaje, al Señor. QUIERO SEGUIR A DIOS, PUEDO AMAR CON AMOR DE DIOS, VOY A PERDER MI VIDA POR QUIEN PERDIÓ LA SUYA POR MI, DIOS, MI PADRE.